VIDAS SINGULARES: Juan Manga, un cabrero en la ciudad

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Juan Manga, un cabrero en la ciudad. Foto: Francis Mena.

Si te ves perdido te echas al cabrío, y si no al río. Este refrán popular ha marcado buena parte de la vida de Juan Manga; un vecino de El Zabal, en La Línea, dedicado al pastoreo y que, a sus 62 años, es el último cabrero de la zona. Una profesión, un pasatiempo, una forma de ser y sentir el campo que asegura que le ha salvado la vida. 

Localizar a Juan no ha sido muy complicado. Alejado de Internet y las redes sociales, su familia ha sido la que nos ha puesto en contacto con él, que, aunque se describe como un hombre de campo, nos explica que le da tiempo a todo y compatibiliza bien la ciudad, su trabajo, su familia y amigos, y sus tan esperados momentos de desconexión del resto del mundo, centrándose sólo en su rebaño.

Humilde y sencillo, apoyado en el característico bastón de pastor, nos recibe en un parcela verde y frondosa de El Zabal, donde se encuentra con un rebaño de cabras y ovejas. “Mi vida es esto, lo que realmente me llena”, señala a los animales. Y es que Juan Manga lleva toda la vida dedicada al pastoreo, en lo que invierte todas las tardes y ratos libres de los que dispone. Siendo tan sólo un niño, con cinco años, le regalaron su primera cabra; hoy cuenta con más de 300 de estos animales. 

Que cómo los controla a todos él solo, “son ellos los que me llevan a mí, no yo”, destaca por momentos emocionado. Rebaño arriba y abajo, unas sueltas y otras en mallas, la labor de Juan es guiar al ganado por estas tierras, entre El Zabal y El Higuerón, que ahora cruzan carretas. “Hay que tener cuidado de que no se vayan a la carretera, de ir con ellos y guiarlos un poquito. Yo los llamo y los tengo aquí conmigo en un momento. Hasta la oveja que se pierde sabe volver al corral sola”. 

Con sus cabras y ovejas pasa entre unas ocho y nueve horas al día andando. Un trabajo sacrificado que hace con mucho gusto. “Me quito horas de sueño para estar con ellas más tiempo, todas las tardes, llueva o haga frío, haga el tiempo que haga y sea el día que sea. Esto es un trabajo duro que te tiene que gustar. Hay que morir con esto y yo voy a seguir hasta que pueda“, advierte seguro de lo que dice y siente.

Estos ratos, con sus animales, con la paz y la tranquilidad que sólo se respira en el campo, son los que le llenan de la energía suficiente para continuar adelante y superar cualquier bache. “A los 22 años tuve problemas con el alcohol y esto me quitó de eso. He pasado muchas cosas y aquí estoy. Esto me ha ayudado a salir adelante. Aquí uno se despeja de los problemas y de todo. Cuando llego y veo una oveja paría, parece que me ha tocado la lotería. El campo es mi vida. Te vienes aquí por las tardes y te tomas todas las pastillas que necesitas”. Alejado del mundanal ruido de la ciudad, Juan es consiente de todo lo que está pasando, en plena pandemia de COVID-19, fuera del pequeño universo que ha construido, y ante lo que sugiere: “Habrá que venirse más al campo”.

Los vecinos de la zona, después de toda una vida recorriendo los caminos del Zabal, le conocen y aprecian. Muchos le acompañan en sus ratos e incluso le llevan alguna comida. “Me piden que les avise cuando vaya a parir alguna de las ovejas para venir a verla o les acerco los borreguitos a los niños para que los toquen. Esto es que vienes y te enganchas“. 

No saca rentabilidad económica de estos animales, al contrario: “Hace poco me dejé un dinero en varios camiones de paja y pienso”, pero esto a Juan no le pesa. Durante 30 años trabajó en el matadero municipal. Hoy ejerce por las mañanas como carnicero en una empresa cárnica, junto a varios compañeros de entonces. Paradójicamente, aunque lleva media vida “trabajando la carne”, confiesa que es incapaz de levantar un cuchillo y hacer cualquier daño a un animal.

Y es que esa sensibilidad especial con estos animales, sus animales, ha logrado que Juan Manga llegue a entenderlos de alguna manera. No le gusta contarlos y ponerle un nombre a cada una de sus cabras y ovejas es casi imposible, pero asegura que las conoce a todas. “Ellas tienen sus costumbres igual que las personas. Está la que siempre va delante, las que van detrás, la que le gusta pegar mientras está comiendo. Hay de todo y hay un momento en el que llego a entenderlas. Esto es para vivirlo, es precioso“. Y allí le dejamos, continuando su paseo con las cabras y ovejas a las que acompaña o más bien le acompañan a él.

Un artículo publicado en el número 2 de la revista SIROCO de diciembre de 2020.